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Curiosidades y Leyendas de Órgiva - Hotel Puerta Nazarí

Alpujarra Granada - Hotel Puerta Nazarí en Órgiva, Alpujarra Granada
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Curiosidades y Leyendas de Órgiva

Órgiva podría haber dejado de existir. Cuenta la leyenda que, en una ocasión, tuvo lugar una tremenda riada que amenazaba con asolar el pueblo, sin embargo, una gran piedra fue empujada al río y se desvió el curso de las aguas. Alguien salvó a nuestros antiguos vecinos. ¿Quién? Cuando la gente corrió a la ermita a dar las gracias al santo por este hecho, se encontraron con una imagen algo inusual: sus pies estaban manchados de barro.

No es la única leyenda que se susurra a voces entre las calles de Órgiva. Los güeveros, como nos suelen apodar los forasteros, también recibiríamos este nombre por un azar desconocido en la Historia local. Unos dicen que proviene de la tradicional venta de huevos por parte de las mujeres en nuestra localidad; y otros relacionan este mote por la costumbre de haber adornado las calles de la ciudad con miles de cáscaras de huevo de colores al recibir a las más altas instituciones de la época.

Volviendo a los milagros religiosos, ligados al Cristo de la Expiración hay varios. La principal cuenta que, durante el proceso de restauración de dos dedos de la imagen, dañados durante la procesión, el restaurador al cargo no podía proceder con su trabajo. La sombra de la rama de un naranjo situado junto a la ventana le obstruía la visión. Para solucionarlo, le pidió al dueño cortase o desviase esa rama del árbol. Se negó. Y lo siguiente que sucedió, al parecer, fue escuchar un chasquido mientras se desgajaba y caía al suelo. Ahora sí, la luz del Sol iluminó la estancia con todo su esplendor.

Terminaremos esta entrada de curiosidades y leyendas sobre Órgiva con un fragmento de ‘La casada infiel’ de Federico García Lorca: “Y que yo me la llevé al río creyendo que era mozuela, pero tenía marido. Fue la noche de Santiago y casi por compromiso. Se apagaron los faroles”. La inspiración de la que bebió el poeta para escribir esta obra provino de una estrofa de la copla cortijera de Francisco Díaz, cantada en una velada que García Lorca celebró junto a Manuel de Falla y otros intelectuales junto al cortijo de Montijano en una tarde de enero de 1926.